Neurosis

Neurosis

Existe escasa información empírica sobre la historia natural de los trastornos

neuróticos, cuyo inicio se sitúa generalmente en las épocas tempranas de la vida

(adolescencia, adulto joven). Para abordar este punto seguiremos las directrices de una

revisión realizada por Vallejo y Crespo (2000). Desconocemos cómo envejece de

forma específica la población neurótica, qué evolución y pronóstico tienen en la vejez

aquellos sujetos que en su juventud fueron diagnosticados según alguno de los

epígrafes de las neurosis clásicas (angustia, fobias, trastorno obsesivo-compulsivo

[TOC], histeria de conversión o disociativa). Varias son las razones que justifican este

desconocimiento. La primera, la escasa bibliografía que existe sobre este tema por la

dificultad que supone realizar estudios de seguimiento muy prolongados. En el

momento actual existen datos sobre la evolución de las diferentes patologías con

seguimientos de 2 años, máximo 5 años, y muy raramente se extienden a más de 10

años. La mayoría de trabajos son estudios terapéuticos con fármacos o terapia de

conducta, pero, en cualquier caso, desconocemos el curso a lo largo de la vida de este

grupo de trastornos que denominamos neurosis. Otra razón radica en la relativa

inespecificidad clínica de los trastornos neuróticos. En efecto, las psicosis en general

(esquizofrenia, trastorno bipolar) y algunos trastornos neuróticos concretos (TOC,

crisis de angustia, fobia simple) tienen un elevado nivel de validez, pero otros

(ansiedad generalizada, histeria, etc.) son poco estables y el diagnóstico fluctúa con el

tiempo, lo que ha dado lugar a que Tyrer defienda el síndrome neuróticogeneral

(Tyrer, 1985 y 1989). Esta indefinición diagnóstica y la variabilidad clínica comportan

dos dificultades: a) a lo largo del tiempo algunos neuróticos nucleares cambian de

diagnóstico, de forma que en su devenir vital han podido ser clasificados en diferentes

categorías según el momento evolutivo y la clínica (ansiedad generalizada,

hipocondría, distimia, depresión neurótica, etc.), y b) en la vejez los síntomas

prototipos de las enfermedades tienden a difuminarse por cuanto se solapan con

fenómenos propios del envejecimiento (Pitt, 1995); por consiguiente, a las dificultades

fenómenos propios del envejecimiento (Pitt, 1995); por consiguiente, a las dificultades

propias del diagnóstico de las neurosis se sobreañaden las que caracterizan a estas

etapas de la vida. Finalmente, se plantea la inclusión o exclusión en este análisis de la

distimia en la vejez, ya que si contemplamos esta patología como una modalidad de

trastorno afectivo, deberíamos excluirla, mientras que si se considera que la distimia

corresponde en gran parte a la clásica depresión neurótica con una notable carga de

personalidades neuróticas, lo lógico sería incluirla bajo el criterio del síndrome

neurótico general, que reúne varios trastornos neuróticos, entre ellos la distimia.

Epidemiología de los trastornos neuróticos en la vejez

Tal como señala la revisión de Eastwood y Lindesay (1995), la estimación de los

trastornos neuróticos según los estudios previos a 1980 es muy variable, aunque la

prevalencia se sitúa entre el 5 y el 10%, con una carga más elevada en mujeres. En su

condición de trastornos crónicos, la prevalencia de las neurosis en la vejez procede de

una acumulación de casos a lo largo de etapas previas de la vida, por lo que la

incidencia (que recoge la aparición de nuevos casos) disminuye con la edad. En otras

palabras, la mayoría de trastornos neuróticos que se registran en la vejez corresponden

a pacientes que han iniciado el cuadro en épocas más tempranas de la vida.

Los estudios recientes, a partir de 1980, fecha en la que se publica el DSM-III, y

concretamente el estudio ECA (efectuado en Estados Unidos sobre una muestra de

población general de 20.000 sujetos), informan de datos un poco más concretos y

permiten algunas consideraciones de interés (Eastwood y Lindesay, 1995). En primer

lugar, llama la atención que la prevalencia de trastornos psíquicos en la vejez sea

sensiblemente inferior (20%) a la que se observa en población más joven (32%), lo que

ha sido interpretado en función de la elevada mortalidad que por diversas causas

(suicidio, toxicomanías, trastornos cardiovasculares) tiene la población afectada de

trastornos psiquiátricos frente a la población normal (Eastwood y Lindesay, 1995;

Clare Harris, 1998). En concreto, los trastornos neuróticos (distimia, fobias, ataques de

pánico, TOC, somatizaciones) en una población con más de 65 años tienen una

prevalencia del 7,6% frente al 11,4% correspondiente a la población general no

anciana. Es significativo que algunas patologías, como las fobias, tengan una

prevalencia relativamente elevada, y otras, como las crisis de pánico o las

somatizaciones, presenten prevalencias mucho más bajas. Ante estos datos sólo caben

tres interpretaciones: a) la mortalidad en estas patologías, sobre todo en el pánico, es

elevada, lo cual está avalado por algunos estudios (Allgulander, 1994; Clare y Harris,

1998), y por lo tanto en la vejez la frecuencia es escasa porque los pacientes fallecen

jóvenes; b) determinadas patologías neuróticas se atenúan con la edad, de tal manera

que en la vejez no sólo no emergen, sino que desaparecen, y c) algunas enfermedades

de aparición temprana en la vejez adquieren una configuración clínica tan desdibujada

que no se pueden categorizar como trastornos neuróticos, tal como estas patologías

están consideradas en los actuales sistemas diagnósticos. Obviamente, con los datos

disponibles hoy en día es casi imposible poder establecer con precisión el papel que

cada una de estas opciones tiene en la escasa prevalencia de las neurosis en el anciano.

Asimismo, es significativo el hecho de que el 90% de casos diagnosticados de

trastornos neuróticos en la vejez se inicien antes de los 50 años, lo cual confirma lo

mencionado con anterioridad.

Algunos trabajos ratifican la tendencia a la cronicidad de los trastornos neuróticos en

general. Así, Lloyd y cols. (1996) siguen una población de 100 pacientes neuróticos

durante 11 años; de los 87 sobre los que se obtuvieron datos, 32 tuvieron recaídas o

curso psiquiátrico crónico, y 49 tuvieron recaídas o enfermedades físicas crónicas. Se

constató, asimismo, la elevada mortalidad entre las neurosis, ya que 19 pacientes

fallecieron durante el seguimiento. En un interesante trabajo de Larkin y cols. (1992),

sobre una muestra de 1.070 sujetos mayores de 65 años, que siguen durante 3 años,

constatan que los síntomas neuróticos son frecuentes pero raramente alcanzan el nivel

de caso; de este modo, la prevalencia, que en situación inicial se estima en un 2,4% (un

10,9% si se incluyen las neurosis depresivas), a los 3 años se sitúa en un 1,4%, con

mayor probabilidad de las mujeres a ser consideradas casos que los hombres, lo cual no

ocurre con los subcasos. Por otra parte, los trastornos de ansiedad eran el subtipo

neurótico más frecuente seguido por las fobias y la hipocondría. Se observó, asimismo,

que existe una tendencia al cambio de presentación de algunos síntomas, lo cual

confirma nuestra indicación de que el trastorno neurótico es crónico, si bien cambian

los síntomas a través del tiempo, de forma que en la vejez tales síntomas pasan

desapercibidos y muchas veces no son diagnosticados. Del estudio de Saz y cols.

(1995) se desprende que quizá la prevalencia de síntomas neuróticos en la vejez podría

tener variaciones transculturales, ya que en las dos poblaciones estudiadas (Liverpool y

Zaragoza) los resultados muestran sustanciales diferencias en las fobias, aunque no en

la presentación de trastornos obsesivos, hipocondríacos y de ansiedad